La discusión sobre las nuevas masculinidades no es solo un tema hetero. Adentro del colectivo LGBT+, y particularmente en la subcultura bear, también hay una interna generacional que todavía no se resuelve: ¿puede un oso ser rudo, peludo y corpulento, y al mismo tiempo dejar atrás la lógica de dominación que históricamente vino pegada a esa estética?

Durante décadas, la masculinidad tradicional dominante asoció el deseo con la agresividad, la distancia emocional y el ejercicio del poder. En la comunidad bear, ese modelo se filtró bajo la forma del “hiper-macho”: barba, vello, corpulencia, poca palabra y ninguna vulnerabilidad. Para varias generaciones de hombres gay, esa rudeza funcionó como refugio frente a la burla o el estigma de la feminización. El problema es cuando esa estética terminó confundida con actitudes de dominación puertas adentro de la propia comunidad.

Ahí aparece la tensión: hay quienes sienten que las nuevas masculinidades vienen a “desmasculinizar” el ambiente bear, cuando en realidad la propuesta es otra. Separar el cuerpo (ser un oso, tener pelo, tener volumen) de la toxicidad de comportamiento. Se puede ser un tipo grande e imponente sin necesidad de ser el más cortante del grupo para ser deseado.
Buena parte de esa resistencia tiene que ver con el miedo a perder atractivo. Durante años se instaló la idea de que un varón ético, igualitario y emocionalmente disponible pierde el “aura de peligro” que supuestamente lo hace deseable. Ahí está el nudo real de la discusión: nos enseñaron a asociar la excitación con la desigualdad, y eso también pasó adentro de los espacios queer, incluidos los bares, los grupos de leather y las apps.

Correrse de esa lógica no significa que los osos dejen de ser osos. Significa que la barba y el pecho peludo no tienen por qué venir acompañados de desprecio hacia lo afeminado o de competencia por ver quién domina a quién en un boliche. Para muchos, soltar esa coraza se siente como quedar desprotegido en medio de una pelea que vienen dando desde siempre.
Pero es, también, la única forma de que el próximo encuentro no sea una competencia de egos sino un espacio real de deseo y afecto compartido.




