Es jueves y en pleno centro de Córdoba hay un guiso a punto de estar. Entre risas, cortes de verdura y algún chiste subido de tono, un grupo de mujeres trans arma la olla que en un rato va a alimentar a decenas de vecinos. Le dicen Cucinattta, con cariño, y ya es una marca registrada en las calles cordobesas.
El comedor funciona en el Centro de Contención Trans de Córdoba y llega a cocinar hasta cien platos por día. Se hizo viral por los reels donde muestran cómo preparan lentejas, locro o albóndigas con humor de sketch, chistes de doble sentido incluidos. Lo que empezó como contenido para redes terminó siendo, además, una forma de sostener algo mucho más grande.

“Muchas de las compañeras no pueden acceder a un trabajo formal”, cuenta Pía Ávila, coordinadora de ATTTA Córdoba y directora del Centro. El espacio no se limita a servir comida: también acompaña en salud, trámites, terminación de estudios y armado de emprendimientos. Todo pensado y armado desde adentro de la propia comunidad trans, no bajado desde afuera.
Los jueves son distintos: ahí el comedor abre sus puertas a cualquier persona en situación de calle o que no llegue a pagarse un plato de comida, sea trans o no. El lema que usan lo resume bien: “Entre travas no nos vamos a poner trabas”. Ana Laura Torres Vera, de Córdoba Diversa, cuenta que gracias a los videos cada vez se suma más gente, no solo a mirar sino también a colaborar.
Detrás de las risas hay una realidad bastante más dura. La expectativa de vida de la población travesti-trans en Argentina sigue rondando los 35 a 40 años, un número que arranca con la expulsión de la familia y la escuela y sigue con las trabas para acceder a salud, vivienda y trabajo formal. Más del 80% de esa población depende todavía de la economía informal para vivir, a pesar de que el país tiene desde hace años leyes pioneras como la de Identidad de Género y la de Cupo Laboral Travesti Trans. Por eso ahora la agenda de reclamos apunta a una ley integral trans.
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Cuando subieron el primer reel que se hizo viral, les llovieron mensajes de odio. Se juntaron a pensar si bajar un cambio o ir para adelante, y eligieron lo segundo. La apuesta fue meterse de lleno en las redes como terreno de disputa, no esquivarlas.
Para Pía, esos encuentros semanales terminan siendo mucho más que comida: cuenta que a través del comedor ayudaron a que compañeras con cáncer de colon perdieran el miedo al estigma y fueran al hospital, algo que probablemente les salvó la vida. Ana Laura, que tiene 60 años, lo vive parecido: encontrarse cada semana con sus compañeras es, dice, un momento que también sana.
Las colaboraciones se pueden acercar directamente al Centro (Rivera Indarte 707, Córdoba) o a través de las redes de @centrotranscordoba.

