¿Sos de los que siempre quieren arreglarle la vida a los demás? La psicología explica qué hay detrás

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Hay personas a las que todo el mundo llama primero cuando algo se complica. Las que siempre tienen una solución a mano, las que se hacen cargo de los problemas ajenos casi por reflejo, sin que nadie se los pida dos veces. Puede parecer generosidad pura, y en gran parte lo es. Pero la psicología viene señalando algo más profundo detrás de esta conducta, que suele describirse con un término bastante gráfico: “fixer”, o “arreglador” compulsivo.

No es lo mismo ayudar que necesitar arreglar

La diferencia central que marcan los especialistas es esta: una cosa es la empatía genuina, que nace de ver una necesidad real en la otra persona, y otra muy distinta es sentir una responsabilidad casi obligatoria hacia el bienestar emocional y práctico de los demás, al punto de poner sistemáticamente sus necesidades por delante de las propias, de forma automática y sin pensarlo.

Cuando ese patrón se instala, dejar de intervenir genera culpa, incluso cuando el problema en cuestión no es propio ni fue pedido ayuda de forma explícita.

¿Qué hay detrás de la necesidad de resolverlo todo?

Los especialistas señalan varios factores que suelen combinarse en este patrón:

El primero es el miedo al rechazo y la necesidad de aceptación. Para algunas personas, sentirse útiles e indispensables se convierte en una de las formas centrales de conseguir reconocimiento y sentirse valoradas por los demás.

El segundo tiene raíces más tempranas: muchas veces esta tendencia se origina en la infancia, en hogares donde la persona tuvo que asumir un rol de sostén familiar antes de tiempo —conteniendo conflictos entre adultos, cuidando a hermanos, o funcionando como el “pegamento” emocional de la casa—. Ese aprendizaje temprano de que el propio valor depende de resolverle la vida a otros suele acompañar a la persona en la adultez.

También aparece la empatía desajustada, cuando la capacidad de conectar con el dolor ajeno se vuelve tan intensa que termina desdibujando el límite entre lo que le pasa al otro y lo que me corresponde a mí resolver.

El costo de resolverlo todo

Este patrón tiene un precio, y no es menor. Sostenerlo en el tiempo suele derivar en agotamiento emocional, resentimiento hacia las personas que se ayuda —sobre todo cuando no hay reciprocidad—, y una pérdida progresiva de contacto con las propias necesidades: quien siempre sabe qué necesitan los demás termina, muchas veces, sin saber qué necesita él mismo.

Hay, además, un efecto colateral que suele pasar desapercibido: al resolver sistemáticamente los problemas de otra persona, se le está transmitiendo, sin querer, el mensaje de que no es capaz de resolverlos por sí misma. Eso puede terminar debilitando la autonomía del otro, en lugar de fortalecerla.

¿Se puede salir de este patrón?

Los especialistas coinciden en que el primer paso es identificar la diferencia entre ayudar desde la elección consciente y hacerlo desde el automatismo o la culpa. A partir de ahí, aprender a poner límites, tolerar la incomodidad de no intervenir y —cuando hace falta— buscar acompañamiento terapéutico son las herramientas más señaladas para empezar a modificar esta dinámica sin dejar de ser una persona empática.

Matias D.
Matias D.
Diseñador gráfico neto. Amante de los video juegos y de las largas horas de caminata.

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