Circula por varios medios un estudio que asegura algo llamativo: que teñirse el pelo de azul, verde, rosa o violeta podría ser una señal externa de angustia emocional, con mayores tasas de depresión y dificultades psicológicas. El paper se llama “Blue Hair and the Blues: Dying Your Hair Unnatural Colours is Associated with Depression” y usó datos de más de 18 mil usuarios de la app de citas OKCupid para buscar esa relación.
Antes de asustarse por el titular, hay algo clave que casi ninguna nota menciona: quiénes escribieron ese estudio.
Los autores son Edward Dutton y Emil Kirkegaard, dos investigadores señalados públicamente por producir lo que se conoce como “ciencia racial”, una corriente pseudocientífica que intenta vincular inteligencia y otros rasgos con la raza. Dutton fue separado de la Universidad de Oulu, en Finlandia, tras una investigación que lo encontró responsable de plagiar la tesis de un estudiante, y hoy es empleado de una fundación estadounidense que promueve ese tipo de investigación. Kirkegaard, por su parte, escribió sobre “selección de inteligencia” en distintos grupos religiosos y raciales, y en 2025 tuvo otro trabajo firmado junto a Dutton retractado por la revista Scandinavian Journal of Psychology, después de que terceros cuestionaran las conclusiones que sacaron de los datos.

El estudio del pelo, además, se publicó en Psychreg, una revista que no tiene el mismo nivel de revisión ni prestigio que las publicaciones académicas más establecidas en psicología.
Ninguno de estos datos invalida automáticamente cualquier hallazgo que hayan hecho, pero sí exige leer sus conclusiones con más cuidado del que suelen tener las notas virales. A eso se suma un problema metodológico de base: la muestra salió de usuarios de una app de citas, un grupo que no representa a la población general, y una correlación entre dos variables no prueba que una cause la otra.
Los propios autores, de hecho, aclaran que no están afirmando que teñirse el pelo cause depresión, sino que sugieren que podría ser una manifestación externa de algo emocional. Es una hipótesis, no una conclusión cerrada, aunque los titulares que circulan la presenten como un hecho comprobado.
Para la comunidad LGBTQ+, el pelo de colores no natural es, hace décadas, una forma más de expresión, identidad y pertenencia: nada nuevo, nada patológico en sí mismo. Reducir esa decisión estética a un síntoma de “angustia psicológica” a partir de un estudio con estas características es, como mínimo, apresurado. Si algo puede rescatarse del debate, es la idea de que las decisiones sobre nuestra apariencia a veces comunican algo, y que prestar atención a las personas que queremos —más allá del color de su pelo— nunca está de más. Pero eso no necesita un estudio de autores cuestionados para ser verdad.

