El domingo 6 de septiembre, Alternativa para Alemania (AfD) logró en Sajonia-Anhalt el mejor resultado de su historia: cerca del 44% de los votos, la marca más alta que un partido de ultraderecha consiguió en un estado alemán desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. No alcanzó la mayoría absoluta, pero el golpe político fue suficiente para que su copresidenta, Alice Weidel, saliera a calificarlo de “sensacional” y a pedirle al canciller Friedrich Merz que adelante las elecciones federales.

En medio de los festejos del partido, volvió a instalarse una discusión que acompaña a Weidel desde hace años: la distancia enorme entre lo que predica su espacio político y cómo vive ella misma.
Lo que dice el partido, lo que vive su líder
El programa de AfD es explícito: quiere que la política familiar del Estado se oriente hacia el modelo de “un padre, una madre e hijos”, sostiene que un niño “necesita un padre y una madre”, y se opone abiertamente a lo que llaman “ideología de género”. Su candidato en Sajonia-Anhalt, Ulrich Siegmund, fue todavía más lejos en campaña: propuso prohibir las banderas del orgullo en las escuelas.
Alice Weidel, la cara visible de ese mismo partido, es abiertamente lesbiana. Está en pareja desde 2009 con Sarah Bossard, cineasta suiza nacida en Sri Lanka y adoptada de bebé por un matrimonio suizo. Juntas crían a dos hijos varones, también adoptados, y viven la mayor parte del año en Einsiedeln, Suiza, mientras Weidel mantiene su residencia electoral formal en Alemania. Pese a llevar más de 15 años en pareja, no están casadas: Weidel declaró en 2017 que legalizar el matrimonio igualitario no le resultaba un tema prioritario, y sostiene que su sexualidad no entra en conflicto con los valores tradicionales que defiende el partido.

Inmigrante contra la inmigración, extranjera contra las fronteras abiertas
La contradicción no termina en lo familiar. AfD construyó buena parte de su discurso sobre el cierre de fronteras y la deportación masiva de extranjeros. Weidel, mientras tanto, vive gran parte del año como residente extranjera en Suiza, junto a una pareja que también nació fuera de Europa antes de ser adoptada por una familia suiza.
“No soy parte de la AfD a pesar de mi homosexualidad, sino gracias a ella”
Weidel se defendió de estas críticas hace años con una frase que resume su posición: que no milita en AfD a pesar de ser homosexual, sino justamente por eso, argumentando que hay zonas de Alemania donde las parejas del mismo sexo no pueden caminar tomadas de la mano sin sufrir agresiones de “bandas” de inmigrantes musulmanes. Es, en los hechos, la manera en que intenta resolver la tensión: usa su propia identidad como argumento a favor de las políticas migratorias más duras del partido, en lugar de como argumento a favor de los derechos LGBT+.
Al mismo tiempo, rechaza explícitamente ser etiquetada dentro del movimiento “queer“, y prefiere hablar de “proteger” el concepto tradicional de familia antes que de ampliar derechos.
Un patrón que no es nuevo, pero que sigue golpeando
Nada de esto es inédito en la derecha europea: figuras que construyen carrera política vendiendo un modelo de vida del que ellas mismas quedan afuera. Lo llamativo del caso Weidel es la distancia exacta entre el molde que su partido quiere imponerle al resto de la sociedad alemana y el molde en el que ella, de hecho, vive todos los días. Weidel puede seguir sumando votos con un triunfo histórico como el de Sajonia-Anhalt. Pero cada nueva victoria vuelve a poner sobre la mesa la misma pregunta incómoda: ¿reglas para quién?
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